Hola a
todos y a todas. Aunque no sé si estará bien
dicho así (a lo mejor es “todas y todos”).
Y es que uno ya no sabe si lo que dice está bien, está
mal o cuándo le van a llamar represor retrógrado
por no emplear un lenguaje políticamente correcto,
más acorde con estos tiempos en que vivimos. El lehendakari
Ibarretxe, apóstol de los rodeos al hablar, digo, de
la corrección política, diría “Bienvenidos
y bienvenidas, lectores y lectoras de la Revista Asgaya y
del Revisto Asgayo ¡Mierda!, perdón, perdón,
¡Cáspita!, ya he vuelto a meter la pata.
Una asociación
gijonesa consiguió que los dos señores bajitos
(¿estará bien así?) que salían
en el Un, dos ,tres correteando junto a “El linterna”,
fueran limpiados de la pantalla por dar una imagen distorsionada
de su realidad. Realidad que era, por cierto, que los dos
señores estaban encantados de hacer dicho papel, o
sea, el ridículo, en conjunto, con el 50% del “Dúo
Sacapuntas”, en uno de los números televisivos
más infumables desde el Entre platos anda el
juego de Juanito Navarro. No consiguieron lo mismo
los que intentaron suprimir la vaquilla del Gran Prix (¡a
buena parte iban!). Eso sí, dejaron clara su firme
defensa de los animales y, sobre todo, el nombre de colectivo,
aunque no sería ese su principal propósito,
sino librar a la simpática astada de las fascistas
garras de la tradición.
Hubo un
tiempo en que podías leer titulares como “Los
negros del Brasil constituyen el 80% de la población”.
Ahora no. Su autor (o autora) se llevaría dos buenos
cachetes en el culo (quiero decir, trasero), por escribir
“negro” en lugar de “afroamericanos”
y “afroamericanas”, para no excluir a nadie –además,
de todos es sabido el pasado africano de Brasil, ¿no?
Pregúntenle a George W.Bush, que verán dónde
lo sitúa.
Pero no
sólo eso. Basta una sola referencia inocente, para
que todo el gremio de charcuteros lituanos te ponga a bajar
de un burro (o burra) por despreciar su rico pasado, su historia,
sus raíces, la trascendencia de la charcutería
lituana en el contexto de las repúblicas bálticas
y el acertadísimo porcentaje de especias que lleva
el salchichón lituano. NOTA- entiéndase como
“salchichón”, producto de charcutería,
no vayamos a liarla ahora también, y a quemar revistas
asgaya por las calles como signo de protesta por su lenguaje
soez y machista.
Nada de
comparaciones. Ni se le ocurra. No mencione al caballo de
Espartero ni a sus famosos atributos. Si lo hace, tendrá
una reclamación por asociar el valor al tamaño
de los, eso, valores, en un ejemplo de rodillo recalcitrante
de macho dominante, otra de algún ente de defensa de
los équidos, que manifestará su hartazgo porque
al famoso caballo sólo se le conozca por eso y no por
otras virtudes como, por ejemplo, soportar estoicamente, contra
viento y marea, al mismo tipo feo (¿se podrá
decir feo, o será mejor “de rostro particular”?)
encima durante más de cien años. Por último,
algún colectivo le hará llegar su malestar por
ese ejemplo de centralismo, como si no hubiera otras estatuas
ecuestres a destacar en la muy rica geografía nacional.
Parece
un juego de niños (y niñas), pero es que, probablemente,
lo sea. El envoltorio de los “Conguitos”, ese
inocente piscolabis infantil con el que han crecido generaciones
y generaciones de españoles (y españolas), era
en realidad un plástico infecto de racismo y xenofobia,
donde se ridiculizaba al valiente guerrero africano con gruesos
labios y se incitaba a los niños (y niñas) a
la violencia. ¡A quién se le ocurre, representar
a un guerrero con lanza? Por ello, el “conguito”
del envase perdió el colágeno labial y su arma,
una imagen mucho más real, sin duda (ya verán,
cuando aparezca el león en el envoltorio, comiéndose
al guerrero indefenso, lo que es incitar a la violencia).
En próximas oleadas, y si el felino sigue dormido,
presionarán para que aparezca una conguita al lado
del conguito: “Conguitos y conguitas”.
Descabellado,
¿no? Den rienda suelta a la imaginación: alguna
lumbrera se dará un número impar de golpes en
la cabeza y dirá: ¿Por qué “Conguitos
y conguitas”? ¡Pero qué manera es esa de
despreciar a los muy nobles pobladores (y pobladoras) de un
país señero como es el Congo! Y propondrá
la muy correcta forma de “Moradores y moradoras de la
República del Congo”, nombre con gancho donde
los haya. Pero, entonces, el embajador del otro Congo (antes
Zaire) elevará una protesta por tamaño desprecio,
y habrá que denominar a las virutas de chocolate como
“Moradores y moradoras de las Repúblicas del
Congo en sus diversas acepciones”.
Por una
vez, mi último párrafo va a ser totalmente en
serio. ¿De verdad se cree alguien todas estas chorradas?
¿No sería más fácil emplear un
lenguaje más directo donde interese el fondo, y no
la forma? ¿Acaso no se gana tiempo al hablar sin dar
tantos rodeos? ¿Es tan tentadora la publicidad fácil
como para pasarse la vida enviando comunicados de protesta
a los medios de comunicación y colapsando la justicia
con demandas absurdas? El lenguaje no es más que un
vehículo de comunicación. El verdadero problema
no está ahí. Podemos conseguir una sociedad
mucho más aséptica, donde todo sea correcto
e higiénico, llenando nuestro lenguaje de eufemismos
e incorrecciones gramaticales. Pero nos estaremos engañando.
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