Atentado

por Magdalena Ventura


El día después del atentado, los gobernantes de la ciudad X convocaron un paro silencioso de un minuto en señal de duelo por las víctimas.
Debía iniciarse a las 12 del mediodía.

Paula terminó de introducir a Samuel en el vagón de metro justo cuando las puertas se cerraban y el reloj de la estación marcaba las 11:51. Vio gestos de displicencia en algunos pasajeros, que tuvieron que rotarse e inventar posiciones inverosímiles para hacer sitio al carricoche. Paula lanzó una tímida sonrisa alrededor en demanda de indulgencia.
Parapetado en su carro, Samuel miraba con interés las intermitencias de luces y oscuridad a través de las ventanillas. De repente, a la altura de la estación Y, eructó. Permaneció confuso un instante, luego gimió levemente. Su madre se puso en guardia.
Al momento, la voz de Samuel se había convertido en una bocina insoportable, propagándose a lo largo y ancho del túnel de metro, penetrando como un cuchillo en los cerebelos de los pasajeros, exudando sus malos humores matinales.
- Ay, no.- musitó Paula.

"He perdido otro guante", decía Amparo a Joan a las 11 y 57 minutos, nada más salir ambos del portal número 8 en la calle Z.
- Estoy segura de que los tenía, los dos, en este abrigo. Es la tercera vez que me pasa en este mes.
Joan detectó en la voz de Amparo cierto tono acusatorio que no le gustó nada.
- Lo he cogido yo, como los anteriores. Son mi fetiche. Los guardo en la oficina, entre los archivos de inspecciones fiscales. En las horas extra los saco y me los restriego por los genitales.
- No me extrañaría. El otro día te vi cogiéndome las bragas del cajón para olerlas. Y no sé si también lo harás con las sucias…
Joan la aniquiló con la mirada.
- Está visto que nunca me perdonarás lo de los gusanos.
- Gusanos no, "trematodos". Ya te he explicado miles de veces que los cestodos y trematodos son gusanos planos, que junto con los anélidos y los platelmintos conforman…
- Como quieras…
- Era una colección muy valiosa.
- Era una guarrada que asustaba a las visitas.
- (…)
- Ya son las 12.
- Me pones enfermo.
- Te odio.

Desde los altavoces del aeropuerto, el metro, la estación de autobuses, las escuelas y universidades, los ministerios y los centros comerciales, y desde todas las emisoras de radio locales, se pudo oír el mismo mensaje del alcalde invitando a los ciudadanos formalmente al silencio.

El metro frenó. Samuel cesó su llanto con la misma mágica desenvoltura con la que lo había iniciado.

A las 12 y un minuto el tráfico en torno a la glorieta central se detuvo. Al otro lado de la ciudad, en el instituto de Educación Secundaria Nº13, la profesora Arsenia Varales consiguió lo que en cinco meses de curso no había conseguido: que la clase de 4ºA al completo guardara silencio.

El poeta que no veía la televisión y que había bajado al metro para acabar con su vida dio un paso atrás y se separó del foso de la vía. El tren que debía matarle llegaba ya con tres minutos de retraso. Además, había notado algo extraño: desde hacía unos segundos no se oía ni un susurro, y la gente que esperaba en la estación mostraba una quietud insólita, no nerviosa como de costumbre, sino apacible e incluso risueña. En efecto, había algunos aquí y allá que sonreían, ausentes. El suicida, emocionado, se dirigió a las escaleras que subían a la calle. Quizás todo había cambiado allí arriba: quizás el mundo por fin estaba preparado para escucharle. El reloj de la estación marcaba las 12 y 2 minutos.

A esa misma hora, en la calle Z, Amparo y Joan entraban aceleradamente en el portal número 8, decididos a pasar todo el día en la cama e instaurar, cuanto antes, la República Democrática de los Guantes Viudos, en la que los guantes sin pareja serían compartidos solidariamente por toda la Humanidad, sin excepciones.

A las 12:03, aún nadie había hablado.

 

 
 


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