Estábamos a 30 de Marzo. Hacía un amable día
de sol, era media tarde cuando nos conocimos, nos cruzamos
en una calle llamada soledad. Te vi y en ese momento fue como
si no hubiera nadie, ni nada más en toda la ciudad.
Estaba herido de muerte, así que en el breve momento
en el que pasaste a mi lado me decidí a pedir auxilio.
De mi
boca salieron las palabras más idiotas que se le pueden
decir a una persona a la que no conoces de nada ”Hola
¿te puedo invitar a un café?”
Mis manos temblaban mientras un sudor frío recorría
mi cuerpo, ¡¿Qué estaba haciendo?!.
Tu voz
suave y penetrante fue como un bálsamo, todo se calmó
como un estanque al que después de haber arrojado una
piedra vuelve a su tranquilidad tras un breve impás
de desazón.
Las Mil
y una Noches así se llamaba el garito en el que entramos.
El caso es que estuvimos contándonos nuestros fracasos
y nuestras escasas victorias, y después de un largo
periodo de tiempo, cuando ya habíamos deshojado nuestras
aburridas vidas, nos marchamos de ese lugar, ese lugar en
el que apenas había una pareja más y donde se
podían escuchar los últimos acordes de “Amor
se llama el juego” mientras salíamos del bar.
Con la
voz entrecortada la invité a mi casa y ella volvió
a decir sí.
En el camino ninguno dijo nada. Cuando llegamos y abrí
la puerta ella se quedó quieta un instante mirándome
a los ojos y a continuación entró cerrando la
puerta.
Lo que
pasó en el tiempo siguiente sería difícil
de explicar mediante palabras, lo tengo grabado en mi cabeza
y nunca nada podrá borrar ese recuerdo.
Pero al igual que vino se fue sin dejar un número de
teléfono, una dirección... algo donde poder
saber de ella.
Ahora
sigo con la rutina gris de mi vida que me ahoga en un mar
oscuro del que espero que un día aparezcas de nuevo
y me vengas a rescatar.
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