Estábamos a 30 de marzo

por Nacho Fernández


Estábamos a 30 de Marzo. Hacía un amable día de sol, era media tarde cuando nos conocimos, nos cruzamos en una calle llamada soledad. Te vi y en ese momento fue como si no hubiera nadie, ni nada más en toda la ciudad. Estaba herido de muerte, así que en el breve momento en el que pasaste a mi lado me decidí a pedir auxilio.

De mi boca salieron las palabras más idiotas que se le pueden decir a una persona a la que no conoces de nada ”Hola ¿te puedo invitar a un café?”
Mis manos temblaban mientras un sudor frío recorría mi cuerpo, ¡¿Qué estaba haciendo?!.

Tu voz suave y penetrante fue como un bálsamo, todo se calmó como un estanque al que después de haber arrojado una piedra vuelve a su tranquilidad tras un breve impás de desazón.

Las Mil y una Noches así se llamaba el garito en el que entramos. El caso es que estuvimos contándonos nuestros fracasos y nuestras escasas victorias, y después de un largo periodo de tiempo, cuando ya habíamos deshojado nuestras aburridas vidas, nos marchamos de ese lugar, ese lugar en el que apenas había una pareja más y donde se podían escuchar los últimos acordes de “Amor se llama el juego” mientras salíamos del bar.

Con la voz entrecortada la invité a mi casa y ella volvió a decir sí.
En el camino ninguno dijo nada. Cuando llegamos y abrí la puerta ella se quedó quieta un instante mirándome a los ojos y a continuación entró cerrando la puerta.

Lo que pasó en el tiempo siguiente sería difícil de explicar mediante palabras, lo tengo grabado en mi cabeza y nunca nada podrá borrar ese recuerdo.
Pero al igual que vino se fue sin dejar un número de teléfono, una dirección... algo donde poder saber de ella.

Ahora sigo con la rutina gris de mi vida que me ahoga en un mar oscuro del que espero que un día aparezcas de nuevo y me vengas a rescatar.




 

 

 

 
 


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