Violencia doméstica: más que un problema

por J.C.R.
Fotografía de la Campaña Europea Contra la Violencia Doméstica. Reservados todos los derechos.


Los datos son escalofriantes: 94 víctimas de la violencia contra las mujeres en 2003. En total, 211 desde 2001, sumando las 24 que se llevan ya, a fecha de este artículo, en 2004. Pero, como la punta del iceberg, el dato de las víctimas mortales esconde detrás una miseria mucho mayor: palizas, agresiones, amenazas, coacciones, órdenes de alejamiento quebrantadas, violencia física y psíquica que, en un contexto legal más que permisivo con la figura del agresor, siembran una estadística macabra y vergonzante.

Desde que, en julio de 2003, se pusiera en marcha la llamada orden de protección, han sido más de 4000 las solicitudes. Todo un dato que indica que el fenómeno de la violencia contra las mujeres, lejos de remitir, avanza incontroladamente. Lamentablemente, cuanto mayor es la denuncia social del tema, más casos se producen, en un extraño fenómeno en el que, para los maltratadores, resulta un acicate la notoriedad pública que sus condenables actos conllevan.

Bien es cierto que determinados hechos en nada ayudan a disminuir esta macabra estadística: sentencias judiciales, declaraciones de cargos públicos, comportamientos de determinados personajes pero, sobre todo, los desencuentros a la hora de legislar nuevos textos que amparen a las víctimas, generan un halo de inmunidad que refrenda, en muchos casos de maltratadores, lo que sus retorcidas convicciones consideran justo y necesario: la violencia.

Aún está fresca la imagen del alcalde de Toques, Jesús Ares, expulsando con aire chulesco, entre los vítores de sus poco inteligentes incondicionales a los medios de prensa de su ayuntamiento después de ser condenado por abusos sexuales. Hoy, sigue firmemente asentado sobre el sillón consistorial, ajeno a cualquier reproche y expulsado de su propio partido, el PP. Eso sí, sigue siendo alcalde.

Otro comentado caso fue el acontecido en Ponferrada. Allí, el alcalde, Ismael Álvarez, dimitió de su cargo tras ser condenado por acosar a su concejala Nevenka Fernández, a quien el fiscal García Ancos reprendió en pleno juicio “Porque no era una empleada de Hipercor que se debe dejar tocar el culo porque en ello le va el sustento de sus hijos” (sic). Condenado y dimitido, Ismael Álvarez puede pasear por Ponferrada, mientras Nevenka Fernández tuvo que marchar de su pueblo, sin destino conocido.

Más recientemente, un juzgado de Barcelona añadía otra sentencia a los anales del disparate, instaurando una figura, el maltratador de fin de semana, por el que dejaba impune las agresiones de un marido a su mujer porque “las hacía de manera esporádica, en vacaciones”. A buen seguro, fundamentada legalmente, pero sin ayudar nada a las miles de víctimas silenciosas.

Pero, sin embargo, lo más sangrante de este asunto es, sin duda, la lentitud de las reformas legales. Lejos del tan solicitado Plan Integral, todos los movimientos no son más que paños calientes o soluciones de emergencia que puedan ayudar a salir del paso. La sociedad no encuentra la manera de ayudar a las víctimas porque no tiene resortes para ello. Una mujer maltratada debe abandonarlo todo, vivienda y trabajo incluidos, para afrontar un futuro más que incierto, entre la indiferencia, cuando no el desprecio. Mientras, la cifra de agresiones no disminuye. Más bien, tiende a aumentar. Unos datos que deberían producir una reflexión mucho más profunda.

Tampoco ayuda en nada la proliferación de “famosas maltratadas” que utilizan su pasado para recaudar exclusivas a golpe de recuerdo. En los últimos meses, Carmina Ordóñez y María Jiménez, entre otras, han aireado su pasado matrimonial, previo pago, poniendo un tono frívolo, falso y liviano a un asunto tan serio como la violencia contra las mujeres, y dando una imagen distorsionada que en nada mejora la situación sino, más bien, todo lo contrario.


 
 
 


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