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El
día más triste
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José Antonio Santiago, Penélope González,
Lorena Toimil y Nacho Ciudad
Fotografía
propiedad del diario La Razón. Reservados todos
los derechos.
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El 11 de marzo desde Alemania
Serían
las 10 de la mañana cuando me enteré de
lo que había pasado. Estaba yo navegando por
Internet cuando me llegó un mensaje de un amigo
desde España: “¿te has enterado
de lo que acaba de pasar en Madrid?”. Vaya, pues
no, no sabía nada, le dije. ¿Qué
ha pasado?. “Pues que han puesto un montón
de bombas en Madrid y al parecer hay la tira de muertos”.
En ese momento me metí en las distintas páginas
de noticias en Internet. Lo que pasó después
es lo que todo el mundo ya conoce y tampoco hace falta
repetir.
Todo el mundo se paró por un momento y centró
su mirada en la capital de España. Aquí
en Alemania, la cosa no fue diferente. La cobertura
informativa fue enorme. La diferencia con España
(o más bien con Televisión Española)
estuvo en descartar a ETA como principal sospechoso
del atentado. Aunque tampoco es por una cuestión
de que los alemanes son más listos que antes.
La cosa va por otro lado.
Y es que aquí en Alemania, aunque parezca mentira,
ETA sigue siendo vista con no tan malos ojos por algunos.
Desde la extrema izquierda alemana, ETA sigue siendo
teniendo el carácter romántico del grupo
oprimido que lucha contra el fascismo franquista en
un intento de lograr la libertad que la dictadura quita
(...en fin). Para otros sectores de la sociedad alemana,
si bien no tan bien vista, la banda terrorista sigue
teniendo simpatizantes y aun queda gente que ve alguna
lógica en las acciones terroristas que llevan
a cabo. Vivir para ver.
Por supuesto, se trata de una minoría los que
aun ven cordura en la sinrazón del terrorismo.
Y el ver en las noticias que más de 200 inocentes
han muerto por el capricho de unos cabezas huecas es
algo que no debería dejar a nadie indiferente.
Además esta vez no ha sido ETA, de modo que aquí
en Alemania, esta vez, todo el mundo ha condenado el
atentado.
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Por todos
los que tienen que callar, que nadie te quite la voz.
Amaral
El vaso ya existía, simplemente
se derramó
Después
de apoyar una guerra que no queríamos apoyar,
muchos iban a votar.
Después de ver las muertes que provoca esta guerra,
como todas las
guerras. Pero las vimos más cerca porque parece
que la distancia suaviza la muerte y la nacionalidad
también, y no es así, no somos nadie para
decidir quién debe morir. Lo que no podemos hacer
es poner un solo grano de arena para que esto suceda,
y si votar es una mínima expresión de
que estamos en contra, pues votemos.
Los
que crecimos en la democracia puede que también
lo hayamos hecho en la
desilusión, por eso muchos nos llamamos apolíticos,
pero eso no significa que nos de todo igual, la injusticia
no, la intolerancia no, el horror no. A mi me da mucho
miedo que una sola persona cuya labor es la de representarnos
actúe como un mandatario. No queremos ser partícipes
de una guerra, no por que no sea nuestra sino por guerra.
A
los que no tienen valor de reconocer los errores les
pedimos al menos que
se callen, y que se bajen de su arrogancia. Y que todos
pidamos paz. Y digamos no a ninguna guerra, nuestra
o ajena, porque todas nos incumben y todas las muertes
también.
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Ilusiones
de un mentiroso
El
11 de Marzo amaneció envuelto en humo y silencio.
El humo, provocado por las bombas que llevaron consigo
la muerte de más de doscientas personas; y el
silencio, efecto de la consternación e incredulidad
de la gente ante la impresionante catástrofe
que se había desencadenado.
A cuatro días de las elecciones generales, el
terrorismo invade la tensa armonía preelectoral
para impactar y poner a prueba la política que
se llevaba manteniendo. La nueva “zona cero”
se convirtió en un hervidero de muertos y mutilados,
pero también en un escenario político
importante, donde todo el mundo tenía algo que
ganar y que perder.
La importancia material y política era latente,
y el gobierno debía dar cuenta a la población
de lo que estaba pasando. De esta forma, ese mismo día,
Ángel Acebes no tardó en acudir a los
medios de comunicación para dar a conocer el
informe oficial del gobierno sobre lo sucedido. En él,
se afirmaba que el autor de los hechos era la banda
terrorista ETA. Pero pruebas posteriores que se fueron
recopilando, desestimaban la culpa de ETA, abriendo
una nueva vía de investigación hacia el
terrorismo islámico. A pesar de lo evidente,
nunca se reconoció oficialmente que la autoría
de los atentados estuviera muy enfocada hacia grupos
islámicos, pues el gobierno puso todo su empeño
en inculpar a ETA de tal catástrofe.
Es lógico el miedo atroz que el PP y el entonces
presidente del gobierno pudieron sentir. Al fin y al
cabo, el atentado de Atocha había sido también
un atentado político; se había dejado
al descubierto la gestión de la política
internacional llevada a cabo por el gobierno tiempo
atrás. Así, la alianza con Bush y Blair
empezaba a salir cara, aunque el precio, por desgracia,
se valoraba en vidas humanas.
El trío de las Azores temblaba ante la posibilidad
del alzamiento popular contra la ilegítima invasión
que emprendieron tiempo atrás en Iraq. Las consecuencias
de sus actos habían llegado, y deberían
prepararlo todo para no dejar notar la relación
entre su guerra y la nuestra.
A pesar de todo, no lo consiguieron. Cuando todas las
encuestas daban como ganador al PP, y la población
española estaba más o menos convencida
de su victoria, tanto España como otras ciudades
europeas tomaban las calles en lo que sería una
señal de repudio al terrorismo. Todo el mundo
condenaba lo sucedido, pero al mismo tiempo que levantaban
sus manos blancas y pronunciaban consignas del tipo
¡Basta Ya!, ¡No al terrorismo!, muchos de
nosotros denunciábamos las consecuencias de una
política establecida por un líder que
quería ser coronado por España. Este rey
se quedó sin trono y sin corona, cuando el domingo
por la noche todos los medios de comunicación
anunciaban la victoria de su eterno rival.
El gobierno pensó que la guerra de Iraq no iba
a pasar factura, y que el pueblo español iba
a conformarse y quedarse sentado ante el precio pagado
por una injusta gestión política de una
mayoría absoluta. El país necesitaba un
cambio. Tres cuartos de la población votaron
para ser partícipes de ese cambio. Está
en manos del nuevo gobierno encaminar sus pasos hacia
una posición más justa, posición
en la que colaboremos todos, tanto del gobierno como
el pueblo.
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La cortina
de humo
Era
el mismo 11-M por la mañana. El día del
despertar más triste que muchos hemos conocido.
Sólo habían pasado dos horas desde el
brutal atentado, y Ángel Acebes salió
a la palestra. “Ha sido ETA, con toda seguridad”.
Requerido por un periodista, sobre las palabras de Arnaldo
Otegi, de todo menos un angelito, rechazando la teoría
de los asesinos vascos, el Ministro del Interior espetó:
“Eso es una manipulación interesada”.
Y me vino a la cabeza el antiguo refrán latino:
“Excusa no pedida: acusación manifiesta”.
Acebes había empezado a urdir su propia trampa,
y ya no había vuelta atrás.
Que
conste que nada hubiera atenuado el atentado si la autoría
hubiera sido de ETA. El mismo dolor, la misma rabia,
la misma solidaridad. El pueblo español respondió
dando una lección al mundo. De entereza, de ayuda,
de apoyo, de consuelo. Nada importaba a las 13:15 de
aquel 11-M quién había sido. Lo primero,
lo importante, era ayudar a las víctimas y a
sus familias. En los hospitales, con los que la suerte
les había dejado salir con vida del tren para
tener la posibilidad de seguir vivos. En el Ifema, con
los que ya no podrían llegar nunca más
a su trabajo, a sus estudios, o a donde quiera que viajaran
en aquel tren. En las calles, donando sangre, trasladando
heridos, poniendo orden en aquel caos. Ya habría
tiempo de salir a la palestra y decirle al mundo quién
había sido. Pero a Acebes, quizás aleccionado
desde arriba, le faltó tiempo para adjudicar
la autoría, seguro y contundente. Sin pruebas,
sin indicios.
Y
cuando, aquella tarde, aparecieron las primeras evidencias
que apuntaban en otra dirección, Ángel
Acebes siguió apuntando interesadamente. Y cuando,
aquella noche, los expertos internacionales expresaron
su opinión y la bolsa de Nueva York comenzó
a desplomarse, Ángel Acebes, llevándose
ya un pañuelo a la frente para secarse el sudor,
siguió sin descartar “ninguna línea
de investigación”. Y mientras Ana Palacio
indicaba a ETA en la CNN y Urdaci invitaba a “expertos”
a su circo de TVE, por el mundo entero se propagaba
un email que apuntaba directamente a Aznar como responsable
por su apoyo en la guerra de Irak. Y en todo el mundo
lo creyeron, excepto aquí. A la mañana
siguiente, cuando los periódicos de todo el mundo
reflejaban un ataque integrista, señalaban a
Al-Qaeda y daban veracidad al email recibido en Londres,
Ángel Acebes, inasequible al desaliento, y sin
posibilidad de retroceder, aunque con el nudo de la
corbata un poco más flojo, apuntaba “varias
líneas de investigación” sin descartar
ninguna.
Nunca
sabremos qué fue lo que indujo a tamaña
terquedad. Lo podremos intuir, pero esa falta a la verdad
que, con tanta frecuencia, ha caracterizado estos últimos
años de vida democrática, nos dejará
sin la respuesta. Todos los comunicados del viernes
12-M fueron una muestra del “Stand-by” al
que se sometió la información pública.
Aquella lluviosa tarde de viernes, o debemos decir,
aquella tarde en la que España se llenó
de paraguas para guarecerse del llanto, se gritaron
muchas consignas. Nuestro país se echó
a la calle para mostrar su solidaridad con las víctimas
y con el pueblo de Madrid, para pedir paz, para clamar
contra el terrorismo...y para exigir respuestas. Comenzó
como un cántico aislado pero, al final de la
manifestación, fue un clamor general que ni los
filtros públicos habituales pudieron ocultar:
“¿Quién ha sido?”.
Y
España pasó del llanto a la ira. Del llanto
por las víctimas, por la injustica, a la ira
por la manipulación, por la ocultación.
Nadie les había echado la culpa del atentado.
Nadie, en su sano juicio, lo haría, aunque llegase
a entrever que de aquellos polvos surgieron estos lodos.
Y el grito se extendió por todos los confines
de la piel de toro. ¿Quién ha sido?. Ángel
Acebes, visiblemente enfadado, se defendía recurriendo
al ataque, pero el tufo ya era pestilente. Y cuando
aquella tarde de sábado se comenzó a filtrar
la noticia de las primeras detenciones, la cortina de
humo dejó paso al silencio oficial. Pero aquello
ya no tenía remedio. La gente tomó cartas
en el asunto. Y se concentraron frente a las sedes del
PP pidiendo lo único que querían y lo
único que no se les había dado: respuestas.
Sin más armas que los teléfonos móviles
y el correo electrónico. Sin necesidad de medios
de comunicación que manipulasen la información.
Sólo sus voces. En paz, porque era lo que querían
y en libertad, porque era lo que no tenían.
Entonces,
sólo entonces, Ángel Acebes, comenzando
a tartamudear, indicó que se habían producido
las primeras detenciones. Y de nuevo se enrocó
en su posición, anunciando que había sido
“por vender un teléfono móvil y
una tarjeta relacionadas, indirectamente con los atentados”.
“Indirectamante”; de nuevo, una excusa no
pedida. Y tragó saliva y, una vez más,
anunció que no se había cerrado ninguna
línea de investigación. Ni siquiera el
informe “fantasma” del CNI que otorgaba
un 99% a la opción de Al-Qaeda le pareció
suficiente.
Nota
del autor- Aquí dejé el texto, el 14-M
por la tarde. Todo fue escrito antes de los resultados
electorales. El resto, ya lo conocemos todos. Aznar,
que quería ser recordado como el emperador Carlos
V, triunfador y victorioso en su Yuste particular, acabó
saliendo como Amadeo de Saboya, con la indiferencia
de su pueblo. La línea que separa el triunfo
al fracaso es la línea que separa la verdad de
la mentira.
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