Conducir desde la barrera

por Nacho Ciudad

Dijo el agente: “¿Sabe usted que llevaba la visera del casco abierta?”. Tras quitarse los seis cinturones de seguridad y el paracaídas, obligatorio tras el incremento de accidentes de la campaña anterior, el hombre salió del coche y balbuceó “Es el calor, ¿sabe?” A lo que su suegra, apostada en el asiento del copiloto, corrigió: “Ya te dije, Manolo, que no te tomaras el café antes de salir” ¿Café? El guardia procedió allí mismo a la detención del peligroso sujeto, por consumo de estimulantes previo a la conducción, utilización incorrecta del casco integral, llevar una hilacha saliendo del mono ignífugo y circular a la friolera de sesenta kilómetros por hora en autovía, un 30% más de lo permitido.

Un grupo de expertos de varias aseguradoras, conductores de salón y teóricos del volante, se reunía, por aquel entonces, para elaborar un análisis de los principales vicios en la conducción. Tras haber prohibido el “manos libres”, la radio, hablar en el coche, canturrear, bajar la ventanilla, rascarse la oreja, los pensamientos ajenos a la carretera y otros hábitos que provocaban la distracción o la suelta de manos del volante, ahora asegurada su posición por un decreto que obligaba a esposárselas al mismo para evitar tentaciones –el cambio de marchas también constituía un peligro-, los expertos cayeron en la cuenta de que, en los cambios de dirección, los conductores no movían la cabeza en exacta proporción al ángulo de giro de las ruedas, para lo cual promovieron, tras testarlo en prestigiosos laboratorios, un sistema que garantizaba el giro exacto de la cabeza, consistente en dos electrodos que comunicaban una descarga de diez mil voltios al mal conductor, para que aprendiera, reflexionara y expiara su culpa. Se propuso, se aprobó, se llevó a cabo y el número de accidentes no bajó. “Que suban a veinte mil voltios” dijeron las autoridades.

Pero el número de siniestros no bajó. Un estudio contrastadísimo (con hojas en diferentes colores, la mar de fashion) situó la causa de la siniestralidad en cuatro factores: la escasa resistencia de los coches por la fabricación de carrocerías con latas de fabada recicladas, un movimiento periódico de los ojos de los conductores denominado científicamente “pestañeo”; que no todos los días hacía sol y que determinadas carreteras (todas las que no son autovía, vamos) presentaban ciertas deficiencias. Eliminado este último factor por calumnioso (aquel que lo postuló está ahora contando a mano los coches que circulan a diario por la M-30), los expertos del tráfico se fijaron en el modelo francés, que prohibía expresamente la lluvia sobre las carreteras, en una medida que había sido acogida con júbilo por el sector de agricultores que ya no se mojó más al acudir a La Junquera a tirarnos la fruta, y determinaron dos medidas revolucionarias: a) todo el mundo debería cambiar su coche por un tanque o vehículo de resistencia similar y b) quedaba prohibido pestañear al volante. Todo ello, combinado con una nueva campaña de anuncios en televisión que se ganó la candidatura a los Premios “Chof” de cine “gore”, aunque finalmente fue descalificada por escabrosa.

Y el número de accidentes siguió sin bajar. Entonces, uno de los teóricos se dio un golpe en la cabeza y preguntó: “¿Y si nos estuviéramos equivocando?”. Desde entonces, comprueba “a pulso” que los camiones no se excedan de la carga máxima asignada, que es donde voy a ir yo si sigo poniendo en tela de juicio los métodos actuales. Pero, en fin, es eso, o vernos un día en el coche llevando puesta una armadura reflectante.

 

 
 


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