Los próximos Presupuestos Generales del Estado, que gozan de la calificación constitucional de ley orgánica , destinan a gasto social el 50,01% del monto: mucha pasta. Del total del desembolso, la partida destinada para vivienda es, en conjunto y por departamentos, la que más aumenta: he aquí dos buenas noticias para la gente corriente con modestos proyectos en mente, si se cumple con lo uno y con los otros. Démosles, por ahora, el beneficio de la duda; al fin y al cabo, aún no se han empezado a pactar, con los grupos de la oposición parlamentaria, las cuentas públicas. Ya tendrán tiempo de meter tijeretazo, recortar sueños y fomentar pesadillas.
Metidos en asuntos de viviendas y de gastos, hemos tenido conocimiento de una noticia que no nos debe dejar indiferentes: la infanta Cristina y su marido Iñaki Urdangarín, Duques de Palma, pretenden comprarse una espectacular finca de 2.155 metros cuadrados valorada en 8 millones de euros. Ella declara al fisco un salario de 1.800 euros al mes por trabajar en el campo de la ayuda humanitaria exterior para la filantrópica Fundació La Caixa de Barcelona.
Se comenta que el asunto no está del todo claro y que, atendiendo a la transcendencia de la noticia, podría haber novedades. Pero esto ya forma parte de la especulación de la prensa rosa y se aleja de la línea editorial de nuestra revista, que de rosa, en verdad, tiene poco.
Cuando en España se toca el tema de la Casa Real y, por ende, de la Monarquía, afloran argumentos de toda suerte y condición: pero hay tres que se repiten. El primero, muy simple, tilda de juancarlistas a todos los súbditos; el segundo elogia el papel desempeñado por Juan Carlos I durante el 23-F; y el tercero se esfuerza por encomiar el carácter modesto y austero de la Real Institución. Los tres, sin duda, defienden la pervivencia de la realeza en España con mayor o menor fortuna: si dejamos de lado a quienes siguen pensando que con los Godos vivíamos mejor.
Juan Carlos I, nacido en el extranjero (pero no en el exilio: no se puede exiliar a quien no ha nacido), vino a España de la mano del general Francisco Franco quien, merced al apoyo –no vinculante para el Generalísimo- de aquel parlamento de chaqueta blanca y mano derecha alzada, lo blindó con la ley de sucesión . Cuando falleció el Caudillo, su testamento y la “Transición” le allanaron el camino: los militares de aquella época se convirtieron en algo más que en meros albaceas vigilantes. Pero los tiempos cambian: el rey envejece y, con él, se acartonan los viejos juancarlistas que canjearon bienestar por ruedas de molino. El juancarlismo y el ir a misa andan cada vez más de capa caída entre las generaciones que no creen en “ por la Gracia de Dios ”.
Ahora que todo está “atado y bien atado”, la Casa Real se apresta a disponer el recambio y a garantizar la sucesión de un monarca cada día más decrépito y que, según se rumorea, desea una pronta solución satisfactoria para abdicar y disfrutar de la jubilación: ¡qué sinrazón morir cual rey para vivir como un marqués!
El Príncipe de Asturias y sus hermanas, titular y suplentes, están llamados a implicarse en la operación sucesoria: acreditan formación y experiencia para un cargo que no se gana por concurso-oposición. Basta sólo con ser hijo de su padre.
Los tres hijos de los Reyes de España fueron educados para reinar aquí y la factura la pagan todos los españoles: habrá quien se sorprenda, pero también nos vino en el lote, sin ningún afán xenófobo, la Familia Real griega. ¿Deducciones por cargas familiares a cuenta del I.R.P.F.?
A las infantas les bastó con que les pagásemos dos bodas colosales, les buscásemos cómodos empleos (de estos en que no necesitan ni formación ni buena presencia) de por vida, les sufragásemos las vacaciones, las hospitalizaciones en clínicas privadas y las estancias en el extranjero, nos hiciésemos cargo de los caprichitos de sus maridos (y de los hermanos de éstos en algún caso que otro) y costeásemos la educación y el vestuario de sus hijos: esperemos que los angelitos no quieran ser astronautas y se conformen con algún reputado señorío en tierras de buen vino a mayor gloria de la pagana Hacienda Pública.
No está nada mal: a cambio, ni nos molestan ni nos atosigan. Están como ausentes.
Sin embargo, en el caso del Príncipe de Asturias es distinto: le hemos costeado, en calidad de contribuyentes, todo lo anterior, menos los caprichos del marido. Y es diferente porque tenemos que escuchar casi cada día a los varios príncipes que hay en él. Parece una versión renovada del NO-DO que nos instruye en las bondades, virtudes y excelencias del príncipe y su casta esposa y, así, nos convierten en forzosos y abnegados oyentes-espectadores.
Tenemos que oír al príncipe-empresario que aconseja a los emprendedores del país qué deben hacer para prosperar en sus negocios: como si supiese qué significa arriesgar para levantar una empresa y, tal vez, arruinarse.
Hay que ver al príncipe-científico cómo orienta a los investigadores españoles (casi todos residentes-currantes en el extranjero por falta de recursos, a pesar de las “Reales” Academias) para que, en sus mentes, se haga la luz: sobre todo cuando a uno le regalan los aprobados... Aunque, de haber suspendido por incompetencia confesa, ya dijimos que lo suyo no era un concurso-oposición.
Debemos mirar al príncipe-policía que nos invita a vivir en un país seguro (con vigilancia privada) y a circular por unas calles custodiadas por la zona azul y la grúa: si el pobrecito no conoce más que la parte de atrás del coche oficial y a los fornidos guardaespaldas... ¡qué le vamos a hacer!
Y así el príncipe-constructor (dicen que diseñó su propia casa sin importarle ni el gusto ni el precio), el príncipe-geriatra (que reclama para los abuelos de cualquier ciudadano la misma atención de que disfrutaron los suyos), el príncipe-soldado (ascendido a golpe de decreto sin misiones humanitarias ni méritos de guerra), el príncipe-puericultor (resaltan tanto las fotos con los niños limpios y aseados), el príncipe-poeta (que se atasca en las palabras esdrújulas cada vez que lee “su discurso intemporal” a los casi durmientes galardonados en el Teatro Campoamor)... ¡Dios, qué paciencia hay que tener en esta vida!
Un príncipe que, según nos lo pintan los medios de comunicación, es un joven más que, salvando las distancias, es igual que el resto de los jóvenes españoles y que, además, se preocupa por conocer sus problemas cotidianos. Eso sí: las distancias que hay que salvar son infinitas y plagadas de peajes para quienes no se apelliden Borbón y Grecia. A nosotros, a los de sangre roja, siempre nos quedarán los problemas: con los que tenemos una grande y duradera amistad.
Juan Carlos I rechazó instituir una corte como las de antaño porque habría supuesto -se decía por aquel entonces- el desmoronamiento de la monarquía: sí, rehusó la peluca, el armiño, el besamanos, los milagros, los confesores y la pleitesía de los blasones inmortalizados para eterna recordación por los retratos de Velázquez y Goya.
Pero vinieron las regatas en Mallorca, las cacerías –por ejemplo de osos, especie protegida por las leyes españolas- en países atrasados, el palco del Bernabéu, los yates cedidos por acaudalados financieros vaya usted a saber a cambio de qué, las visitas privadas a países de costumbres cívicas sospechosas, las vidas paralelas, las amistades peligrosas de ciudadanos como Mario Conde, De la Rosa y Prado y Colón de Carvajal y los prohijamientos extraños con el rey de Marruecos y demás monarcas libertarios partidarios del oír, ver y callar.
Aquella pregonada modestia de nuestros nuevos reyes, de existir, habría que buscarla –como diría Mariano Rajoy a cuenta de su liderazgo- en un jeroglífico envuelto en un misterio encerrado en un enigma oculto en los jardines de palacio.
Así, la familia se empezó a olvidar de la austeridad porque nunca supo, a pesar de tanto viaje preprogramado por las provincias de España, en qué país vivía. Ni supo ni quiso saber porque, a la postre, se recae en la endogamia del abolengo: familias reales con familias reales.
Al fin y al cabo, si los súbditos esperan horas y horas para intentar saludarlos y estrecharles las manos y se muestran eufóricos y sonrientes: ¡será que son felices!
En todo caso, cuando el representante del vulgo, plebeyo entre plebeyos por antonomasia, convida a la Familia Real a su casa, el Palacio de La Moncloa, se pone de manifiesto que, a pesar de los sacrificios dinásticos y el ominoso exilio del abuelo, la democracia merece la pena: el de sangre roja tiene palacio de prestado para cuatro años y los de sangre azul de fijo para toda la vida. París, desde luego, bien vale una misa.
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