La Radio se muere. Puede que los estudios de audiencia digan lo contrario, pero la salud de lo que conocíamos como radio está herida de muerte. La falsa euforia de los que exhiben sus cifras es la misma sensación del que se toma una pastilla en una fiesta. Cuando el efecto remita, la depresión volverá a adueñarse del panorama. En el caso de que se despierte del sueño.
Érase una vez una radio plural, abierta, dinámica, cercana. Sobre todo, cercana. Aquella radio familiar, entrañable si se quiere, pero con algo de lo que adolece la radio actual: personalidad. Primero, dejó de ser cercana. Las grandes cadenas compraron cuantas emisoras se les antojó y restringieron el horario de emisiones, convirtiéndolas, ni más ni menos, que en una prolongación de la emisora central, mandando a dormir el sueño de los justos a programas, guionistas, locutores... todo lo que no fuera un engranaje más de una programación sin alma, sin frescura.
Ante este panorama, era lógico que la radio dejara de ser dinámica. Los contenidos, los presentadores, los colaboradores, se volvieron cada vez más rígidos, monorrítmicos. No había lugar a la improvisación. No había lugar a la singularidad. La radio se despojó de “cabezas de ratón” y reclutó “colas de león”. La máquina no debía parar nunca. No había lugar a perder el tiempo preguntándose si estaba dando el rendimiento deseado.
Era evidente que la radio perdería el carácter de “abierta”. Una radio lejana –en el sentido literal y el metafórico- gris, monocorde, insulsa, sólo podía gustar a quienes estuvieran dentro de ella, encantados de haberse conocido, por otra parte. Y las emisoras adoptaron el “modelo secta”, invitando a entrar pero no a hacer preguntas, y dejando en el camino los restos de quien se atreviesen a plantearlas.
Fue cuestión de tiempo que la radio perdiese el carácter plural. Distante, anquilosada y cerrada, cualquier propuesta que se saliera de la norma chirriaba. Se imponían los perfiles prefabricados. Contenidos, profesionales...público. Todo ello había constituido la “nueva” identidad de las emisoras.
Sorprendentemente, los males diagnosticados a la radio actual no son esos. El ombligo del sistema ha dictaminado que el único grano a extirpar es la radio libre. Dicho así, podría sonar a panfleto libertario, pero la cruda realidad es esa: todas las acciones emprendidas por la industria radiofónica en el último año han ido encaminadas a acabar con los peces pequeños. La todopoderosa AERC (Asociación Española de Radios Comerciales) ha puesto su punto de mira en las emisoras sin licencia. La presión, similar en razonamientos, estilo y medios a la que la SGAE ejerce sobre la música, se basa en argumentos tan peregrinos como que la radio libre roba audiencia a la radio comercial. Está claro que la codicia humana puede distorsionar la percepción de las cosas, pero el término “radio-manta” ya se ha acuñado. Póngale usted una María Jiménez bramando lo que es y lo que no es, y llegaremos a la situación de estancamiento y de incomunicación que existe en el caso de la música.
Las multas y las denuncias no se han hecho esperar. La compasión demostrada hasta ahora ha tornado en un ejercicio de insensibilidad donde se imponen multas a las emisoras y a las asociaciones que las sustentan, que según la nueva ley, tendrán que abonar los socios al extenderse la responsabilidad. Paradójicamente, las emisoras que antes no existían a ojos de la justicia, ahora no sólo aparecen sino que también se les otorga personalidad jurídica. Siempre que sea para pagar, claro.
Todo esto puede ser casualidad. O no. La radio digital es una realidad muy próxima. El “apagón analógico” (fin de las emisiones por ondas tradicionales) está a la vuelta de la esquina y, de repente, ha entrado la prisa por “barrer” agentes molestos que puedan perturbar el proceso de reparto de los puestos de salida.
Las concesiones de licencias están muy limitadas. Entregadas según el juicio de los políticos –que suele coincidir con el de sus grupos más afines, en cada caso- constituyen en sí mismas un espectáculo vergonzante donde se suelen premiar los servicios prestados. En muchos casos, con el agravante de que la licencia concedida no es explotada, sino que se deja en barbecho, se alquila a la competencia o se inventan nuevas cabeceras que durarán un suspiro, en lo que el castellano, rico en matices, ha denominado como el caso de “El perro del hortelano”. Pero la licencia es el único medio para emitir ateniéndose a la legalidad. En este punto, se nos ocurre una pregunta: ¿alguien piensa que las emisoras sin licencia no están interesadas en tener una? ¿Por qué no se les da la posibilidad de tenerla? Por limitaciones económicas, nunca podrán tener los medios ni el despliegue de las grandes emisoras. ¿Qué problemas puede suponer entregarles una licencia de emisión? A fin de cuentas, el cupo de emisoras se cifra en kilowatios de potencia, y no en número de licencias. Con lo que abarca una licencia para una cadena nacional cualquiera, caben cinco emisoras pequeñas que, seguramente, explotarán la licencia y no la dejarán morirse de risa. Pues no. El pastel radiofónico es más apetecible cuanto menos repartido.
Hay muchas preguntas sin respuesta en este asunto. Las propias emisoras agrupadas en la AERC acumulan cierres por emitir sin licencia. En Cataluña, Kiss FM vio precintados varios emisores. Punto Radio asoció emisoras sin concesión administrativa y la propia Cadena SER ha sido acusada de utilizar postes irregulares. Sin embargo, el dedo acusador señala a las emisoras pequeñas, culpables del “estado al borde de la quiebra” de la radio española. Por cierto: las cifras de la radio, en audiencia e ingresos, ¿no eran las mejores de siempre?
Si la radio tiene un problema es la falta de diversidad. Los mismos programas a las mismas horas, formatos copiados, locutores clónicos y contenidos calcados. La radio española circula sobre unos raíles que no permiten cambio de aguja. Gomaespuma, sin ir más lejos, un hito en la historia de la Radio, estuvo un año en el limbo radiofónico porque nadie quiso ofrecerles un horario de tarde. Triste, por un lado, y lógico, cuando la oferta de programas se puede contar con los dedos de una mano, como resultado de la concentración de emisoras en grupos y cadenas. En España sería impensable una situación como en EE.UU., donde existen cadenas temáticas (rock, country, R & B, clásicos) porque la “Radio Fórmula” va dirigida a servir a un sector muy determinado de la industria musical, y porque no hay licencias que permitan propuestas alternativas. El fenómeno de Kiss FM –éxito de público, desastre empresarial, sorpresa comercial- ni siquiera ha llevado a plantear la posibilidad de nuevos formatos. La falta de variedad, sinónimo de estrechez mental, veta todo aquello que no sea clasificable. Ejemplo tenemos en “La Rosa de los Vientos”, programa de culto, seguramente molesto por neutral, que estuvo un año en la nevera porque algún directivo pensó que, para la noche, lo mejor eran los programas donde el público llama para contar historias que son mentiras, mientras una locutora les susurra fingiendo complicidad.
Pero, dejando a un lado los temas de la diversificación de la oferta y la libertad de expresión, la muerte de las emisoras pequeñas dejaría otra laguna irremplazable: la radio como escuela. ¿Dónde van a aprender los profesionales del mañana? ¿Dónde curtirse sin temer a los manuales de estilo? ¿Dónde forjar la personalidad superando los errores que, de otro modo, les sería imposible asumir por no existir margen de error? Desde luego que ese lugar no van a ser las emisoras universitarias. No por ineficaces, sino por escasas, en número y medios, y por falta de capacidad para albergar tanta demanda. Y, por supuesto, no van a ser los masters de radio patrocinados por las mismas cadenas que anulan la variedad y que fabrican profesionales “dirigidos”. Casi todos los nombres de la radio se han hecho en emisoras de barrios, pueblos, asociaciones, colectivos... El sistema pretendido podría llevar a que un aspirante a locutor no tuviese la posibilidad de enfrentarse a un micrófono hasta la universidad. ¿Es ese el camino que queremos? Porque, por un lado, exigimos titulación y, por otro, formación. Y lo concentramos todo ello en unos pocos años añadiendo, además, una oferta muy recortada al terminar el ciclo.
Se mire por donde se mire, la radio española está herida de muerte. El modelo de monorradio, de monolocutor, de monoguionista, de monomanual de estilo está más próximo a imponerse de lo que pensamos. De momento, la radio comercial permanece unida frente a la radio minoritaria. Cuando terminen con la radio minoritaria, ¿alguien piensa que no empezarán a darse dentelladas entre ellos hasta que sólo quede uno? La única esperanza es que el problema no está en manos de una sola persona. Está en manos de las emisoras comerciales, que aún están a tiempo de rectificar y asumir su error. Está en manos de los políticos, que son los que tienen el poder de permitir una radio abierta en sus manos. También en manos de los que permanecemos en el barco de la radio libre, porque no podemos abandonar tan fácilmente la causa que hemos defendido tantos años. Y en manos, por último, del público, al que se está sustrayendo del debate y que es, en último caso, el dueño de la radio. Porque una radio sin oyentes es como un mimo detrás de un muro. Eso es lo que han olvidado los que se esmeran tanto en construir ese muro.
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