Sobrevivir a Londres

por Nacho Ciudad e Idoia Fonseca

Cuando los romanos decretaron la “pax romana” en Britannia, establecieron su cuartel general en lo que llamaban “Londinium”. Ahí comienza la historia de una ciudad que, por su ubicación, a la orilla de un río, no lejos del mar y en medio de una llanura, pronto se fue poblando y convirtiéndose en paso obligado. Cualquier libro de historia realizará un resumen más acertado o una reseña más ajustada de lo que, hoy por hoy, es la capital económica de Europa, merced al mercado que se generó tras la expansión colonial de los ingleses –estos sí que sacaron tajada, y no como nosotros, siempre tocando la lira-. Una ciudad cosmopolita donde se pueden encontrar ciudadanos de todos los rincones del mundo. Incluso, en ocasiones, nos toparemos con algún inglés por la calle.
Londres se extiende en algo más de 1550 km2, donde se agolpan, oficialmente, 7,5 millones de personas. Una ciudad tan inmensa no puede seguir un orden lógico y, en sus diferentes barrios se concentran las distintas colonias: hindúes, japoneses, caribeños, italianos, etc, etc, cada cual en su zona y sin mezclarse, a no ser que entremos en el centro de Londres, auténtico hervidero comercial y humano.
Que a nadie se le ocurra dar un paseo por Londres: es imposible. Dar dos pasos sin tropezar con alguien es aún más difícil que quedarse parado sin ser embestido por algún ser fuera de sí. La palabra que mejor define la capital del Reino Unido es: PRISA.

Comer en Londres
Sus habitantes viven contrarreloj. Viajan contrarreloj, trabajan contrarreloj, comen contrarreloj y hasta toman el café contrarreloj. En ninguna ciudad encontrará tantos puestos callejeros de comida.

Cómo llegar
Aunque el Eurotúnel ha facilitado el traslado por carretera o por tren, y sin olvidarnos de los ferris que atracan en Portsmouth o Dover, la manera más lógica de trasladarse a Londres es vía aérea. Además de Heathrow, el aeropuerto más importante del Reino Unido, y donde aterrizan las grandes aerolíneas, hay otros tres aeropuertos muy cercanos a Londres (Gatwick, Luton y Stansted), comunicados por autocar y tren –Heathrow, además, tiene estación de metro-. No es un viaje precisamente barato (entre 6 y 12 libras el autocar, unas 20 libras el tren) ni cómodo. Los ingleses sobreponen la funcionalidad a la comodidad. Además, si uno intenta ir en autocar, puede tener la desgracia de confiar en la empresa italiana Terravision, capaz de organizar inmensas montoneras de viajeros enfadados que se quedan en tierra. Por lo demás, cualquiera de los medios mencionados conectan con el mismo centro de Londres.

Qué ver
Resulta imposible enumerar todas las visitas interesantes que puede deparar Londres. A pesar de que ha sido incendiada, inundada e incluso bombardeada, todos sus rincones están cargados de historia. Las milenarias piedras de la Torre de Londres han acompañado el presidio de nobles, esposas de reyes e incluso princesas. A su lado, el London Bridge, mucho más reciente, separaba la ciudad de los muelles –antes zona inhóspita, hoy paraíso de los negocios-. Más al oeste, y a la misma vera del Támesis, el edificio del Parlamento, con las estatuas de Ricardo Corazón de León y Oliver Cronwell –el hombre que desafió, durante siete años, a la tradición monárquica británica- cuenta con el monumento más popular de Londres: el Big Ben. No demasiado lejos nos encontramos el “London Eye”, una gigantesca noria sobre el cauce del río donde hace falta Dios y ayuda para poder subir. Y si caminamos unos diez minutos alejándonos del río, llegaremos a Trafalgar Square, donde la inmensa estatua del almirante Nelson –villano aquí en España, héroe en Gran Bretaña- corona una de las plazas con mayor encanto para los turistas, flanqueada por la National Gallery, la pinacoteca más relevante del país y una de las mayores del mundo.

No es que sea Piccadilly una joya arquitectónica –ni la estatua de Eros lo consigue- pero el espectáculo de sus rótulos luminosos bien merece la pena. La plaza más concurrida de Londres es el punto donde confluyen la exclusiva Regent Street y la Shaftesbury Avenue, límite entre el Soho y China Town. Un poco más al norte, el British Museum alberga, entre vestigios de otras civilizaciones, todos los tesoros de Grecia y Egipto, presentados entre un mar de excusas no pedidas –ya se sabe, acusaciones manifiestas- sobre por qué están allí y no en su lugar de origen. Escrúpulos aparte, el museo británico es una joya en sí misma. Un paseo por sus galerías será más ilustrativo que cualquier lección de Historia. Además, es gratuito (opcional dejar “la voluntad”).

Desplazándonos por la vía Piccadilly, a unos dos kilómetros, llegaremos al “Arco de Wellington”, erigido en honor al duque del mismo nombre. Allí, junto al monumento al Soldado Desconocido, llegan los extremos del Hyde Park, el más grande y popular, conocido, entre otras cosas, por albergar los discursos más chirriantes, cada domingo, en el Speaker´s Corner (la esquina del charlatán) y del Green Park, que no estaría allí si no fuera para evitarle contaminación a Buckingham Palace, residencia de la Reina, un bunker al que, de cuando en cuando, se cuela algún osado. Para los que quieran entrar “legalmente”, habrán de dejar una millonada en taquilla, como en todos los edificios de la Casa Real.

Volviendo a Hyde Park, y bordeándolo por el sur, el Royal Albert Hall, con su admirable cúpula, es la sede de todas y cuantas actuaciones musicales y teatrales uno pueda imaginar. El edificio es parte del homenaje de la reina Victoria a su esposo Alberto –la estatua frente al Royal Albert Hall es excesiva-en una zona que fue el epicentro de la Exhibición de 1851 (primer ejemplo de “exposición universal”).

Y hemos dejado in mencionar la Abadía de Westminster, la Catedral de San Pablo, Covent Garden...Edificios aparte, cualquier recorrido por Londres va a resultar interesante. Cada barrio, cada calle, esconde unas cuantas vistas a conservar, si se tiene la paciencia y la resistencia suficientes, claro.

Dónde comprar
Londres es una ciudad donde resultará imposible no comprar. La luminosidad de las calles comerciales, en contraste con las monótonas calles residenciales, hará imposible pasearse sin la tentación de rascarse el bolsillo. Además, no es tan caro como le cuentan. No es que sea una bicoca, pero sin duda que lo del precio se exagera para no perder ni un penique en regalos, habiendo tanto que comprar para uno mismo. Allá donde se vaya, hay algo apetecible para traerselo de vuelta a casa. No obstante, hay unos cuantos lugares especialmente indicados para ello.

Mercadillos

Portobello
Resurgió tras la aborrecible película Notting Hill (hay que bajarse del metro en la estación del mismo nombre), pero es un entrañable mercadillo donde poder hacerse con recuerdos y antigüedades. Los fines de semana se llena enseguida, por lo que hay que madrugar para llegar.

Camden Town
Situado en el “candado” de Camden, una zona entre vías de tren y embarcaderos, constituye la mayor congregación de seguidores de Marilyn Manson por metro cuadrado del planeta. De ambiente juvenil, hay casi tantos puestos de comida como casas de tatuajes como tiendas de ropa. Los domingos se llena hasta tal punto que se cierra la estación de metro para evitar aglomeraciones.

El Soho
Barrio mítico del corazón de Londres. Paraíso de los compradores de discos (visitar Berwick Street), de los visitantes libidinosos –visitar cualquier calle-, o de los “fashin-victims” –darse una vueltecita por Carnaby Street-. Sus estrechas callejuelas alejan el tráfico y facilitan el paseo. De noche, no es recomendable entrar solo.

Oxford Street
La calle de las compras por excelencia. Bordea el Soho por el norte, y sus más de tres kilómetros son una sucesión de boutiques, grandes almacenes, tiendas de discos y todo lo que uno pueda imaginarse. Recorrerla sin hacer una parada técnica puede provocar estrés.

Harrod´s
El imperio del lujo y la opulencia se encuentra en Knightsbridge, al oeste de Londres. Decoración y precios que dejan con la boca abierta. Te dan la bolsa comprando cualquier baratija –los bolis están muy cotizados-.

Moverse por Londres
Una ciudad que tenía 5 millones de habitantes en 1900 habrá descubierto antes el transporte público que el vehículo particular. Y, en efecto, la mejor manera de desplazarse por la ciudad es usar la red de metros, autobuses y trenes de cercanías. Para evitar tentaciones, los regidores locales tienen toda una gama de recursos (cepos, multas, cierres al tráfico) para “convencer” de que el mejor sitio para el coche es el garaje. Lo último, una tasa de 5 libras (8 euros, aprox) por entrar con el vehículo propio en la zona centro de Londres, a pagar previamente –si no, son 50 libras, y a fe que se cobran, que los sensores son insensibles-. Esperemos que algún duendecillo cortatráficos local no tome nota, que aquí copiamos siempre lo malo...

Lo que sí habría que copiar es la red de transporte público londinense. Un poco caro, sí, pero efectivo: rápido, cómodo, directo. La frecuencia de los autobuses nunca es superior a 5 minutos, y la del metro, puede llegar a 1 minuto entre un convoy y el siguiente. El metro es un ejercicio de resistencia física –entrar es casi un deporte de contacto- pero conecta con todos los puntos importantes de la ciudad rápidamente. Está distribuido en zonas concéntricas –tarifa según número de zonas recorridas- y hay que ticar el billete al entrar y al salir. Es el más antiguo del mundo (1863) y por eso sus túneles pueden parecer un poco estrechos. En las últimas líneas creadas han corregido este fallo, y eso permite ver músicos callejeros que ya quisiéramos aquí en España como instrumentistas de estudio. Las líneas están identificadas por colores, lo que hace bastante más fácil entender el mapa y más que difícil perderse. Sólo hay que tener cuidado de no pasarse a una zona por la que no hemos pagado.

Lo más práctico es hacerse con una “travel-card” para las zonas 1 y 2. La hay diaria, de fin de semana o semanal. Sirve también para el autobús urbano y para las líneas de cercanías (consultar límites primero). Por unos 6 euros, uno puede subirse a todos los metros y todos los autobuses que quiera.

El autobús es más lento, pero tiene la ventaja de poder ver la ciudad mientras se viaja. Además, nadie negará el encanto de los autobuses londinenses, con sus dos plantas y su inequívoco color rojo. Los modelos más antiguos, los que chirrían al embragar, van con revisor, sólo tienen una puerta para acceder y salir y el timbre se acciona tirando de una cuerda. Los más modernos tienen pantallas informativas y circuito cerrado de televisión. Y en todos se puede hablar por el móvil sin cuentos sobre circuitos de frenos. Es muy fácil localizar las líneas porque recorren las mismas calles, en diferentes sentidos, a la ida y a la vuelta, y los trasbordos entre autobuses son casi inmediatos. Hay más de 200 líneas –sin contar las interurbanas, las de los vehículos verdes-. Muchas de ellas funcionan las 24 horas y otras hacen un recorrido adaptado de noche. Se puede acceder con la travelcard del metro o con la “Oyster card”, similar a la tarjeta de transporte que tenemos aquí. Si no, hay que comprar el billete antes de montar –hay expendedores en casi todas las paradas-. Lo más emocionante es subir al piso de arriba. Lo malo es que uno siempre se da cuenta de cual es su parada demasiado tarde como para llegar a la puerta.

Hay otro tipo de autobuses, los turísticos, famosos porque los equipos de fútbol los usan para celebrar los ascensos. No es Londres la ciudad más apropiada para circular en un vehículo descapotable, pero permite una visión más directa de la ciudad. Los explotan diferentes compañías que tratarán de llevarse al viajero al huerto por algo más de 30€ -mismo método que la travelcard: uno se sube y se baja el número de veces que quiera en el mismo día- y hay diferentes líneas que recorren los rincones más típicos de Londres.

Por último, pero no menos importante: el taxi. Hay un sinfín de compañías que son capaces de regatear la tarifa, las condiciones, el recorrido y hasta la propina –excepto la oficial, la que no lleva publicidad-. Todos los coches siguen el “estilo Londres” y, aunque puedan parecer muy antiguos en determinados casos, van equipados con GPS y mampara de seguridad. Es caro, pero un día es un día...


 
 
 


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