Vaya por delante la tremenda tristeza que me produce la situación del Sporting. Mi equipo, un club centenario, el mayor embajador de la ciudad de Gijón, sumido en una crisis económica, deportiva y organizativa agrandada por años de decisiones erróneas y soluciones insensatas que lo han llevado a un coma profundo, casi vegetativo, donde la esperanza de solución es cada vez menor, porque este camino recuerda cada vez más a otros ejemplos que tenemos en la retina: Las Palmas, Mérida, Logroñés, Oviedo... equipos que recorrieron el camino de la Primera División a la nada, pasando por la ruina. Pero el deseo de ver otra vez al Sporting en la categoría que se merece, jugando de tú a tú a los mejores equipos de España, entrando en Europa, con presencia en las convocatorias de la Selección, no puede nublar la mente y hacer pensar en quimeras para paliar la agonía de un club que si fuera una empresa haría tiempo ya que se hubiera cerrado por derribo.
Por eso, en estos tiempos en que se apunta a la marcha de Fernández y a la recalificación de Mareo como únicas soluciones para reflotar la nave, me genera demasiadas dudas que éste sea el camino no a seguir. No la propia marcha de Fernández, personaje siniestro, inútil gestor, mal presidente, dirigente maleable y sin criterio, enchufador de amigos, incompetente negociador al que engañaron una y mil veces como a un tonto por no saber y tampoco querer aprender cómo era el negocio del fútbol. Los que le apoyaron y jalearon y todavía aún hoy compadecen podrán estar orgullosos de que, gracias a Fernández, el dinero del Sporting nunca se fue de Gijón. Simplemente, está bajo tierra, como el propio equipo. José Fernández pasará a la historia como uno de los peores presidentes que ha visto el fútbol. Decía Cicerón que "de humanos es equivocarse, pero sólo de tontos es persistir en el error". Fernández no debía conocer la frase. Si no, no se entiende que aún no se haya desprendido de su parte en el Sporting, que se ha extendido como un tumor maligno por todos los poros de una entidad centenaria.
Pero sí me genera dudas, demasiadas, que la recalificación de Mareo a manos de Gesai, una vez Fernández fuera del equipo, vaya a ser una solución efectiva y duradera. Porque efectiva y duradera fue la compra de Mareo y de la marca del Sporting por parte del Ayuntamiento hace sólo tres años. Dos mil quinientos millones de pesetas de las arcas públicas que no han servido para nada. ¿Es demagógico preguntarse qué se podría haber hecho con tanto dinero? Seguramente, pero cuando se ve que una inversión pública resulta inútil, sólo quedar hacerse preguntas como esa. Ahora se pide al Ayuntamiento que vuelva a ceder, recalifique y haga la vista gorda. Cuando la mala gestión deportiva lleva a un equipo a la crisis, se recurre siempre al mismo recurso: el lloriqueo fácil y el chantaje moral a las instituciones. Un vicio al que estas últimas, por otra parte, han contribuido, ayudando en ocasiones a quien demostraba no merecerlo.
Por eso, hablar ahora de la venta de Mareo, imitando a otros equipos (Real Madrid, Valencia, Espanyol... curioso: todos de ciudades grandes, todos de 1ª) me parece sólo una manera de prolongar la agonía, otra solución fácil. Si el Sporting no sabe encontrar otro recurso que exprimir la paciencia pública, lo mejor será apagar e irse. Duele decirlo, sí, pero, ¿qué otro camino seguir? ¿Volver a engañarse con un adelanto de las cuotas de los abonos para tapar las vergüenzas de no poder pagar a la plantilla en tiempo y forma? ¿Presentaremos otra vez en julio como traidores al club y a la ciudad a los jugadores que no retiren sus denuncias de impago? ¿Les tendremos esperando dos años para cobrar, confiando en que no reclamen y, cuando lo hagan, los llamaremos "mercenarios"? ¿Tildaremos de "enemigos del sportinguismo" a todo el que tenga una opinión contraria y la exprese en público?
Y tampoco me parece una solución correcta promover una compra masiva de las acciones por los aficionados de a pie. Además de ahondar la irreal división entre accionistas y no accionistas como "buenos y malos sportinguistas" (yo no tengo acciones de Repsol, pero seguro que me gastado más dinero en repostar que si las hubiera comprado, por ejemplo, y me siguen echando el carburante sin salpicarme como castigo), significaría crear un poder inestable, dividido, débil y ajeno a toda lógica empresarial. Y el Sporting, con todas sus particularidades, no deja de ser una empresa. Una Sociedad Anónima Deportiva, aunque a algunos se les llene la boca de decir "Club" en determinadas ocasiones, generalmente, cuando toca "pasar la gorra". Porque en el fútbol moderno, el éxito de un equipo (Deportivo, Villareal, Betis) depende de un buen criterio deportivo unido al poder económico y fácilmente identificable y una tranquilidad en el Consejo que no daría una masa accionarial numerosa. Un ejemplo claro: el Valencia es un equipo sólido únicamente cuando sus dirigentes no se pierden en batallas. El anarcosindicalismo en un concepto que no suele darse bien en el fútbol profesional, a no ser que lo que se pretenda sea tener a dos mil o tres mil accionistas con título pero sin voz ni voto. Y eso, no deja de ser una ilusión. Y de ilusiones...
Por eso me niego a recalificar Mareo. Quiero a un Sporting grande, fuerte, pero no a cualquier precio. Quiero a Fernández fuera de la entidad y, en su lugar, unos dueños con dinero, ideas y capacidad. Empresarios o grupos empresariales que sepan manejar los hilos. Sean o no de Gijón. Sería tonto si pensara que José Fernández va a dejarlo todo y entregar sus acciones sin cobrar antes lo puesto, ese dinero que se dilapidó en Kosolapovs y Kucharskis, en pagar millonadas a jugadores que no valían nada, en arruinar un equipo que parecía imposible que algún día pudiera arruinarse. Y esto me genera otra duda: si Fernández se va, y sumamos a la deuda mil, o dos mil millones, o los que sean. ¿Merecerá la pena? Porque si la decisión está entre un Real Sporting centenario, hundido y arruinado en 2ªB o 3ª, y un Sporting Club nuevo que parta de cero, la decisión no está tan difícil.
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