Si hubiéramos sacado a la calle este número de la revista una semana antes, hubiéramos caído en un ridículo de proporciones grotescas. Por aquel cercano entonces, el metrotrén era un proyecto parado abocado a caer en el olvido. Afortunadamente, los políticos nos han dado, por una vez, una alegría, y la obra no sólo se finalizará, sino que se retomará ampliado y mejorado, cumpliendo los deseos de muchos gijoneses y haciendo que parte de aquel editorial preparado pase a dormir el sueño eterno. Por suerte, todo empieza a tener sentido y el carro vuelve a estar detrás de los bueyes, que es su lugar habitual.
Sería falso decir ahora que el metrotrén era un proyecto que no sembraba ninguna duda en la ciudad. La paralización de los trabajos del metrotrén había dado a entender que el actual equipo del Ministerio de Fomento no daba ninguna credibilidad al proyecto. Esta decisión, que en condiciones normales habría conllevado un levantamiento popular y una respuesta unánime y contundente por parte de las fuerzas vivas de la ciudad, no recibió más que la indiferencia de una sociedad, la gijonesa, que había visto cómo sus mismas preguntas se formulaban en el seno de un ministerio que, dicho sea de paso, se afana en borrar la alargada sombra de su anterior inquilino, Francisco Álvarez-Cascos, frenando, vetando o reproyectando sus obras estrella inacabadas. Demasiadas, por otra parte.
Dudas aparte, no es nada aventurado afirmar que la opinión publica siempre ha ido por delante de los políticos, que preferían mirar para otro lado o vivir en un mundo paralelo. La aparición de acuíferos en el Humedal, el error en el diseño del trazado que horadaba el subsuelo de una de las zonas más antiguas o inestables, la dudosa rentabilidad de un proyecto que no daba un servicio claro e inmediato a la ciudad a la que pretende servir... eran hechos que estaban en la calle. Se sabían, pese a que los informes técnicos, sacados de algún todo a cien, dijeran lo contrario. Los informes, o la lógica. No hacía falta un doctorado en Geología para calificar como locura el túnel por debajo del mismo centro de la ciudad. La desgracia del barrio del Carmelo, en Barcelona (una obra también avalada por supuestos informes técnicos y desaconsejada por la razón y la lógica) ha tenido eco a 1000 kilómetros de distancia. El túnel no pasará bajo la calle Asturias.
El proceso ha devuelto a la clase política a la cruda realidad. En esa vuelta a la tierra, se han dado cuenta de que el planteamiento anterior rayaba lo absurdo. Pocos viajeros verían utilidad en descender al subsuelo, subirse al tren en El Humedal o en la Avenida Pablo Iglesias y, tras volver a superficie, detenerse en mitad de la nada. El Metrotrén podría dar servicio al Campus Universitario, con una clientela de 8 meses al año, de lunes a viernes, y para la que ya existía una buena oferta de servicio público de transportes y, sobre todo, unas excelentes comunicaciones. Dar servicio al Hospital de Cabueñes y, en menor medida, al Parque Científico y Tecnológico, la Universidad Laboral y el Tanatorio, era lo único que daba sentido al proyecto, dejando buena muestra de la estrechez de miras de quien ideó el despropósito inicial.
Toda la satisfacción por la reconducción de un proyecto que parecía perdido no debe, sin embargo, alargar indefinidamente las obras. Si queda alguna duda, en estos momentos es, precisamente, la falta de definición de un calendario. La euforia debe dejarse para cuando, por fin, el metrotrén sea una realidad y, aún más importante, la barrera ferroviaria deje de ser un freno para el desarrollo y las comunicaciones de Gijón. Hasta la fecha, la sociedad "Gijón al Norte" no había sido sino una sucesión de abrazos, palmadas en la espalda y una catarata de "hayques" y "tenemosques". Toda esa predisposición, ahora reflejada en un proyecto serio, debe dotar en un plazo mínimo a Gijón de una estación de tren propia del siglo XXI, dando portazo a la "íntima" estación del Humedal y al oxidado trastero que es la Estación Jovellanos. En ese plazo mínimo, junto a la estación de tren, habrá que concluir la estación de autobuses para desterrar, cuanto antes, ese pedazo de tercer mundo que tenemos en la calle Llanes, absoluta vergüenza para una ciudad que pretende ser de primera y una compañía que dice ser líder en el sector del transporte.
Y así se deben resumir los dos sentimientos actuales: satisfacción y prudencia. Satisfacción por el impulso que ha recobrado el proyecto. Prudencia, porque la historia del metrotrén ha estado jalonada de suficientes aplazamientos y demoras como para no echar aún las campanas al vuelo. Sólo cuando veamos todo el entramado finalizado, se podrá desatar la alegría sin reservas.
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